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María Seoane: madre, hija y mujer


Como periodista es editora de la sección El País del diario Clarín y sesora periodística y editorial de la revista Caras y Caretas. Como escritora, escribe y no deja de escribir: tiene diez libros en su haber y va por más. María Seoane habla de sí misma.

Por Ariela Chelotti, Eugenia Ciafardini, Josefina Pagani y Sabrina Corda

Después de varios llamados y mails de por medio se confirma la fecha de la entrevista. Primero de julio en el Centro Cultural Caras y Caretas, donde María Seoane es directora desde su inauguración, hace un año. Veinte minutos anticipadas estábamos en San Telmo: la guía- T escondida en algún lado, las cuatro impecables. Tic-tac. Con la futura entrevistada enferma, previo regreso frustrado a nuestras casas, el encuentro finalmente se posterga para la semana siguiente.

Siete de julio, diez de la mañana: el día había amanecido nublado y la humedad sofocaba. Luego de intentar descifrar si estábamos en Balvanera, San Cristóbal, Monserrat o Constitución, llegamos a la casa de María. El edificio antiguo que tenía ribetes color crema con forma de laureles y vereda estrecha, terminaba en esquinas sin ochava. El rugir de Capital Federal era incesante: miles de autos y colectivos avanzaban sobre los cuatro carriles de la gran avenida.

A las once en punto nos acercamos a la puerta de hierro negra y tocamos el timbre. Nos atienden: caminamos por el piso de mármol negro de la entrada y subimos la escalera que desembocaba en un antiguo ascensor tallado en madera.

Ahora sí: oculta entre cientos de libros, está ella. Protagónica, aún así se sabe incompleta: no están ni las primeras ediciones de “El Aleph” de Borges o los libros de Neruda, ni el “Cien años de Soledad” del ´67, ni “Las aventuras de Sandokán” que fueron quemadas por la dictadura en el patio de su antigua casa. Tampoco están las novelas que vendrán.

Todo lo demás, o casi todo, se agolpa allí en esa enorme biblioteca: delante de ella está la Seoane madre, hija y mujer, sentada detrás del enorme escritorio de cedro que ocupa gran parte de la habitación.

Antes joven estudiante, ahora profesional. Todavía inquieta y siempre ocupada. Ni bien termina de enviar un e-mail, suena el teléfono y Ari, su asistente, le comunica el llamado. María responde: “decile que nos reunimos antes de las dos… no, no, mi amor, la peli está terminada, antes no puedo…. bueno una y media, pero estoy muy ajustada. Arreglá vos”. De inmediato cambia de interlocutor, con ojos pequeños pero avispados nos mira e inicia la conversación con una sonrisa. “¿Vienen de La Plata? ¿De dónde son? ¡Ahhh!! Tenemos un país federal acá”. Así comienza la entrevista.

Cigarrillos, varias carteras, lapiceras y computadora a mano. Todo está listo. Abre el encuentro la primera pregunta sobre su infancia: María está atenta, junta sus manos y contesta. El tiempo se detiene: la cotidianeidad del 2008, los premios y reconocimientos a su labor, las presiones y compromisos laborales quedan atrás. Es momento de hacer historia.

“Nací durante el primer peronismo un 25 de enero del ´48, en la Maternidad Sardá que era como una especie de hotel cinco estrellas pero popular, inaugurada por Eva Perón en Parque Patricios”. Inseparable de su mentalidad histórica Seoane abre el relato con datos precisos y sin vacilaciones. Su voz suave y cadenciosa se pierde en los recuerdos que van desde 1948 hasta nuestros días. Ahora las palabras son pensadas en debidos silencios.

“Crecí en una familia típica de trabajadores. Vivíamos en Boedo, en una casa alquilada, así que soy muy porteña, muy porteña ¿no? (…) Tuve una infancia muy feliz, mis padres eran felices, tenían trabajo y recuerdo que el primer triciclo nos lo regaló la Fundación Eva Perón”.

Esa vida duró el mismo tiempo que la permanencia de Perón en el poder. La relación con su hermano Omar, cinco años menor y sus padres Irma y Armando, fue muy unida hasta que la proscripción del peronismo los dejó sin hogar.

“Tengo un recuerdo muy fuerte cuando tenía ocho años, que fue justamente el golpe de 1955 contra Perón, después de comer me puse a dormir la siesta y en un momento de la tarde me despierto sobresaltada, y veo a mis padres sentados en la punta de cama llorando… y entonces pregunté ¿qué pasó? y papá me dice: `lo echaron a Perón hija, los pobres estamos jodidos´”.

A partir de ese momento la vida de Seoane cambió radicalmente. Con la anulación de la ley de alquileres y una indemnización insuficiente, su familia se mudó a una propiedad en Merlo. Ella, con tan sólo diez años, permaneció en Parque Chacabuco, en Caballito, junto a su única abuela para poder continuar los estudios primarios con sus antiguas compañeras.

“Yo no sé si después o posteriormente, mi adscripción a la izquierda, al progresismo liberal, en realidad tuvo que ver más con este recuerdo, porque yo sentí que Perón los había abandonado. Hubo algo de enojo profundo en mí. Fue muy dura la separación de mis padres y de mi hermano, de hecho chicas lo que pasó es que la familia se separó. Yo veía a mis padres los fines de semana, me la banqué con grandes costos internos. Eso lo supe muchos años después”.

Con un leve movimiento, corre la silla giratoria y alcanza uno de los cuatro atados de Marlboro de diez dispuestos en la biblioteca, a sus espaldas. El aire se vuelve denso, los autos, las bocinas y el murmullo de la calle, irrumpen la quietud de la sala con un tempo que marca el ritmo propio de una ciudad en plena actividad. Son pasadas las once del mediodía.

“Tú no puedes volver atrás, porque la vida ya te empuja como un aullido interminable. Te sentirás acorralada, te sentirás perdida o sola …”. Las palabras salen naturalemente. Éstas que son para Julia, componen la canción favorita de María, y también podrían ser para ella. Así, entre humoradas y silencios, comienza contando un capítulo sin cerrar de su vida, el primero en esta historia paralela que se emparenta desde el momento mismo de su nacimiento con la historia de su país.

Mi Chacabuco querido

Con ideas claras, María cuenta desinhibida detalles íntimos de su vida sin que sea necesario preguntarlos. Asombra la facilidad y delicadeza con que la escritora y periodista retrata la figura de quien fue su mayor compañía, durante los años siguientes de su vida: “mi abuela era un ser muy especial, era analfabeta; firmaba el nacimiento de sus hijos con el pulgar, pero era una mujer extraordinaria, era como una roca. Hablaba muy poco, era muy bella y ninguno de nosotros tuvo la ventaja de tener sus ojos que eran color del tiempo, eran grises, azules; y era una mujer absolutamente generosa y solidaria. Yo creo que fue una de las mujeres que más amé en mi vida, mi abuela, mi abuela Paula”.

En cuestión de minutos estamos en el año 1957, en el Colegio de monjas “San Vicente de Paul”, donde María cursó quinto y sexto grado, para rememorar una de las situaciones que probablemente la marcaron y la llevaron a ser lo que es hoy. “Era tremendamente rebelde, o sea era muy, muy poco políticamente correcta (…) Creo que mamá me puso en ese colegio porque en verdad no podía imponerme la ley ella. Era tremenda, decía no, no, no, no y era capaz de quedarme sin comer, sin dormir, sin bañarme. Era muy obstinada. Entonces dijo: que las monjas la arreglen´… chauuu, me mandó ahí….”. En una transición casi imperceptible, desvía su mirada y encuentra en la sonrisa de Ari una complicidad aparente.

El joven de no más de 25 años de edad, permanece firme como si el encuentro le agradara y trascendiera los motivos propios del ámbito laboral. María continúa: “y la verdad chicas es que ahí descubrí la lucha de clases, porque las monjas eran tremendamente discriminatorios con las familias que no tenían ingresos económicos suficientes. Pero también me di cuenta que lo que no podía por la economía, lo iba a poder por el talento: yo que no tenía ni para comprar los bordados porque además detestaba coser y bordar, sin embargo era la más brillante intelectualmente. Y descubrí además que tenía que portarme bien: portarme bien ¿qué quería decir? Que tenía que respetar las reglas, que no era suficiente conocer, ser inteligente… sino que tenía que tener cierta legalidad, que tenía que bancarme la ley”.

“…La vida es bella, ya verás cómo a pesar de los pesares tendrás amigos, tendrás amor, tendrás amigos…”. “Me encantaba estar con los chicos, pasábamos horas en un bar en Parque Chacabuco que se llamaba “El trébol” en la esquina de la Iglesia de la Medalla Milagrosa que estaba en la zona de mi barrio. Nos pasábamos horas charlando y fumando. Mi generación fue de la primera generación de mujeres que fumó en la calle y tenía una vida social bastante activa”.

Dicho en sus propias palabras, después de vivir en un barrio como Parque Chacabuco, de clase media porteña, y empezar la adolescencia en los ´60 María resultó una joven setentista hecha y derecha. Existencialista, ya había leído a Borges, Sartre, Sábato y Kant. Sociable, se pasaba horas con sus amigos escuchando los tangos de Astor Piazzola, la música de los Beatles o el folklore nacional.

Todo pasaba en la normalidad de los hechos, o simplemente transcurría. De nuevo la historia marcaría su vida, para darle un segundo vuelco que la llevaría fuera del país.

Un cambio “radical”

Diplomas, cuadros de honor, certificados, reconocimientos a la trayectoria: ya nada entra en el estudio de María. Hasta los últimos resquicios de pared están ocupados. Ari trae el café y la charla se renueva.

– ¿Entonces se puede decir que fuiste la primera profesional de la familia?

– Sí, y la única de todo este familión; la única que fui a la Universidad (…) mi papá deseaba profundamente que yo fuera una intelectual en verdad.

En el ´67 ya cursaba la carrera de Contador Público en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA y al mismo tiempo trabajaba en un estudio contable donde, entre risas, María se describió como “la peor empleada del planeta”. Aunque las Letras y la Historia, eran su mayor interés ya desde chica, continúo en la carrera en Ciencias Económicas.

– ¿Y por qué te anotaste en Economía si no era lo que verdaderamente te gustaba?

– No ¡me anote en la carrera de Contador Público! El problema es que el mandato familiar es tremendo chicas. En realidad muchos años después le pregunté a mi papá, que era la persona que me traía los libros, estudiaba conmigo y que aún hoy tenemos ese vínculo, qué era lo que yo decía siempre que quería ser y él me dijo: ´vos decías que querías ser escritora`. Yo creo que formulé por primera vez esa decisión cuando tenía ocho años. La cuestión es que cuando comencé a cursar efectivamente la materia Contabilidad I- luego de dar libres seis materias humanísticas como Problemas Filosóficos, las Geografias I y II y la Historias I y II, empecé con un tic… sí un tic nervioso entonces dije “no, ya está, hasta acá llegué”.

Las cosas caen por su propio peso, dicen algunos. Y así con altibajos, María se cambia a la carrera de Economía y refuerza su compromiso con la militancia. “Lo que me pasó fue que la noche del golpe de Onganía yo estaba en la Facultad y ahí ocurrió algo que cambió definitivamente mi relación con la política: vimos entrar a la guardia de infantería a la Facultad de Ciencias Económicas, arrasar el centro de estudiantes, con el local de EUDEBA, sacar los libros y prenderlos fuego. Era tal el odio que yo sentía por esa violencia contra nosotros que empecé a militar ahí, esa noche”.

La vida la llevó a comprometerse con el Frente Antiimperialista por el Socialismo. Hay algunos recuerdos de esa militancia. Se trata de una anécdota que cualquiera recordaría con pesar o dolor si pusiera su propia seguridad ante cualquier precio. Sin embargo para María, el 25 de mayo de 1973, cuando una manifestación en Villa Devoto logró liberar varios presos políticos, fue “uno de los momentos más felices de mi vida” porque volvía la democracia a la Argentina. Recuerda: “a las doce de la noche cuando se dispersaba todo el mundo y los presos ya habían salido, el odio de los guardias era tan grande que empezaron a disparar a los últimos manifestantes. Yo había ido al baño de un bar y cuando estoy saliendo, entra corriendo un compañero que yo había dejado de ver en la Facultad hacía mucho tiempo. Todas las luces estaban apagadas por el tiroteo, entonces él me ve, me empuja y nos caemos. Se queda así, frente a mí y le digo `Roberto, ¿qué haces acá?´, y él me dice `¿vos qué haces acá?´. Cuando estábamos acostados debajo del umbral, en segundos, pasa una ráfaga de ametralladora, que si él no entraba y me volteaba, a mí me mataban. Me salvó la vida ¿Que si lo sigo viendo? Lo mataron en Rosario… en el 76”.

María debió abandonar la Facultad en 1975 por amenazas de la Tripe A. No completó su carrera de Economía. La vida en el país comenzaba a no valer nada. Y la suya tampoco.

seoane-3Lejos de casa

El olor a comida casera inunda la sala donde charlamos: a lo lejos se escucha la voz del bebé de la empleada. Llegó el momento de hablar de una de las etapas más difíciles en la vida de la escritora. Pero la voz de María no se quiebra.

– En el 75 vino la amenaza de la Triple A…

– Sí, así que me dediqué a enseñar chicos como maestra particular en San Fernando, provincia de Buenos Aires. En 76 me separé y en el 77 me fui al exilio porque secuestraron a un primo mío y ya en esa semana tomé la decisión de irme con un grupo de gente, como los “últimos mohicanos”. Nunca voy a olvidar que antes de subir al avión lo vi a mi padre: lo encontré en la escalera del subte para despedirme de él, que venía de trabajar, y le dije que me iba… la verdad es que respiraron cuando me fui, me pedían por favor que me fuera.

Jorge Luis Borges escribió “no nos une el amor sino el espanto, será por eso que la quiero tanto” y ésta es la frase preferida de María. En ella el escritor no habla de una mujer sino de una ciudad: Buenos Aires. Aunque el 76 fue uno de los años más represivos de la dictadura argentina María no pudo exiliarse antes: simplemente no deseaba irse. No quería dejar su familia, su militancia, sus libros, su “Buenos Aires Querido”. “…Nunca te entregues ni te apartes junto al camino nunca digas: no puedo más y aquí me quedo. La vida es bella, ya verás…”

“Me acuerdo que me tomé un avión en Aeroparque a Iguazú, y cuando subí al avión el 7 de julio del 77, miraba la normalidad del aeropuerto… recién empezaban las vacaciones de invierno. Era una mañana lloviznosa y fría, entonces yo pensaba, no soportaba esa aparente normalidad, sabía lo que estaba pasando, no sabía la magnitud sin embargo… O sea, sabía que secuestraban gente, que los tenían en campos de concentración y yo decía `bueno alguna vez los argentinos van a saber lo que pasó, alguna vez van a saber lo que pasó´. Y me fui con esa sensación”.

Llegó a Brasil, donde estuvo un tiempo y luego se fue a Italia. Allí vivió junto a un grupo de exiliados en una casa que les ofrecieron miembros del Partido Socialista y Comunista durante un año. La ciudad se llamaba Naviante, y es el título de la próxima novela de María, una de sus asignaturas pendientes.

Luego se fue a México y allí pudo ser lo que soñó toda su vida. “Había una enorme solidaridad y una enorme conciencia en el exterior de lo que pasaba en Argentina con la dictadura. Y bueno en México me transformé en periodista, un poco con el visto bueno de Gregorio Selser y otros periodistas que estaban exiliados. México era el exilio político más importante, el más numeroso y el más sólido. Cuando volví en febrero del 84 y bajé en Ezeiza dije: “ahora empiezo a contar, ahora voy a contar lo que pasó”.

En México nació la profesional de hoy, la escritora que creó obras como “El dictador”, “La noche de los lápices”, “El burgués Maldito” o “Todo o nada” pero esa ya es historia conocida.

Liliana Herrero no deja de cantar “Palabras para Julia”: “no se puede volver atrás, es mejor vivir en la alegría de los hombres, alguien solo no es nada, el destino está en la dignidad de todos, nunca entregarse ni apartarse, habrá amor y amigos, el mundo es el propio patrimonio”.

La entrevista llega a su fin: previo saludos y besos le agradecemos a María el tiempo ofrecido. Agarramos las camperas, bufandas y guantes para enfrentar el frio invernal y salimos a la calle. El tiempo sigue igual: una tormenta se avecina y empieza a lloviznar. Las cuatro nos miramos: el gris del mediodia nos traslada 31 años atrás, día en que María partió al exilio. Un 7 de julio de 1977; hoy.

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